El chivo expiatorio

colaboración de Obsy, @unaobservadora

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A estas horas Amaia ya tendrá a su hija en casa. Aliviada, tras abrazarla y consolarla, probablemente le habrá espetado eso que todos hemos oído alguna vez en boca nuestras abnegadas madres: “ya te lo dije, Argi. Te dije que esto iba a pasar”(…) Y ella se habrá echado a llorar una vez más ahora que nadie la ve.

Porque esta vez esto se ha ido de la manos. Para colmo no se trata ni siquiera de una polémica de peluquería. Es mucho más desagradable. No se trata de la nariz de una colaboradora taladrada por sus vicios, ni de la pasta que guarda un chorizo ex tesorero en un paraíso fiscal. Tampoco va la cosa de atropellos mortales de toreros, ni de maricones en Miami, ni de putas alemanas disfrazadas de princesas. La cosa es grave porque toca la fibra sensible de un país de tiesos desgraciados que se cachondea del prójimo mientras se zampa un pincho de tortilla con una caña. Pero cuando cierran los bares se muestran incapaces de superar sus miserias.

El chivo expiatorio de este desaguisado es una estudiante vasca de arquitectura de 20 años bajita y pizpireta que ha cometido el terrible error de decir que había asistido a una ‘manifa’ en defensa de ETA.

El contexto en el que la chica hizo esta afirmación fue abonado por los responsables del lupanar en el que un grupo de voluntarios se encierra durante una temporada para sacar unos eurillos. Si la cosa va bien, uno de los prisioneros se lleva el premio gordo. El resto de ellos, como mínimo, puede pasar una temporada viviendo del cuento chino. A nosotros, los que estamos al otro lado, nos lo venden como la retransmisión en directo de una convivencia entre desconocidos aislados del mundanal ruido, sin contar con los megafoneros.

Nada que objetar, mientras no sean padres, hermanos, hijos o sobrinos míos. Ni algunos amigos, aviso.

Aquel día la actividad iba de eso mismo, de ‘manifas’. Y en ésas andaban cuando la vasca la cagó de manera involuntaria. Inmediatamente lo desmintió, aunque allí mismo encontró el primer escollo. La primera dama de la guardia y custodia de la moral (más tarde serían legión) fregaba la encimera. Cariacontecida, con ese rictus de suegra resignada que se gasta ella, amonestó dulcemente airada y ’con todo el cariño del mundo’ a la aprendiz de delincuente. ¡Ay, las suegras!

Si menciono este detalle es por dos razones:

-Este ladrillo está escrito desde el punto de vista de una adicta a GH desde el 23 de abril de 2000. No tiene ningún propósito más allá del rebuzno estéril pero me considero una autoridad en la materia, con perdón.

-La reacción políticamente correcta y supuestamente protectora de la que limpiaba la encimera de la cocina fue determinante para que una cadena de despropósitos se precipitara durante las siguientes horas. Conviene aclarar, para facilitar la comprensión del lector susceptible, que a mí las palabras y las letras me la sudan, especialmente cuando no van acompañadas del tono que les corresponde y parecen ocultar intenciones subrepticias. A las suegras me remito.

Porque yo estuve “presente” durante el suceso anteriormente narrado.

Éste programa sobrevive, como todos y en primera instancia, de la repercusión que tenga en los sufridos telespectadores. En función del éxito del formato las productoras podrán vender espacio a los anunciantes, la otra parte implicada –y decisiva– de esta historia.

El caso es que fue soltar la vasca su parida, que eso es lo que era, una parida en toda regla, y una legión de guardianes de la ética y la moral, compuesta mayoritariamente por marujas aficionadas a dar chupitos al don Simón en tetra-brick, empezó a sermonear sibilinamente a todo aquel estuviera delante de una pantalla. Porque esto es así. El éxito en la vida –para quien no la tiene– se mide actualmente en los seguidores que uno tiene en cualquier red social. El éxito de los programas de televisión también. Y este programa en concreto se ha ido adaptando con el tiempo al uso y abuso de la tecnología hasta llegar a esta situación dantesca.

Prosigo. La parida se extendió como la pólvora. ¡Ah, pero qué malo es mentar a los muertos ajenos! A mí particularmente me la suda que mienten (de mentar) a los míos, precisamente por eso, porque están muertos. Me la suda de manera especial si la mención la lleva a cabo un desconocido en un programa de televisión de dudosa reputación aunque yo lo adore.

Obviemos que nadie mentó a ningún muerto. Convendría poner los puntos sobre las íes: manifestarse es un derecho de cualquier ciudadano español. Del vasco también, por aquello de no herir sensibilidades.

Obviemos también (van dos) que la presunta delincuente se retractó. Demasiado tarde, las marujas del don Simón (me disculpen pero a mí me va más el agua de cebada) ya habían recogido el tono de la respuesta de la que limpiaba la encimera y procedieron al ataque en nombre de los muertos ajenos, del decoro, de la injusticia patria y de todos los males que un grupúsculo de enajenados han procurado a este país en nombre de no sé qué pollas que se traduce en intereses variados de algunas minorías, porque en eso consisten los nacionalismos exacerbados, pero esto ya es harina de otro costal y no me voy a meter yo ahora en esos jardines. Y ya que miento lo de los intereses aprovecho para zambullirme en la faena y desentrañar la estructura profunda de este ladrillo: todo este despropósito nace por el comentario torpe de una zagala ingenua y simpaticona que concursa, perdón, concursaba en Guadalix, pero la donostiarra apuntaba maneras para llevarse el premio gordo y ahora estas batallas se libran en las redes. Que nadie subestime la crueldad de estas contiendas. He aquí el increíble resultado de una de ellas: la ocasión la pintaban calva para poner a Argi en la calle.

Así que el ejército de marujonas adictas a las redes, a los chupitos de don Simón y agregad@s a la causa, difundió su indignación hasta que algún par de tontolabas o malintencionados fenotipo ‘sobredosis de la vida y milagros de Belén Esteban’ se chivó a la AVT, terceros en discordia. Es lo que hay. Que nadie subestime el poder del ciudadano abotagado. Se conoce al dedillo los mecanismos para tocar las pelotas, más aun en esta época de escasez en la que sobra tiempo, falta dinero y tenemos conexión. Son los mismos ciudadanos que repiten las soflamas de los contertulianos. También ejercen su derecho al voto. Ojo que yo también formo parte de esa ciudadanía, versión “pude ser una gran ilustrada pero me di a la jarana cervecera”.

Perdón por la disertación.

La AVT, naturalmente, está en sus cosas: sus subvenciones, sus luchas internas y su clasificación de víctimas. Comprenderá el sufrido lector que haya tenido el valor de llegar hasta aquí que nadie se iba a tomar la molestia de chuparse cincuenta horas de vídeo antes de juzgar a la criatura que causó el alboroto. Así que dicho y hecho, sin saber muy bien de qué iba el tema –un clásico patrio – exigió la cabeza de la delincuente en virtud del volumen y del tono airado de quienes elevaron el insulso comentario a la categoría de apología del terrorismo. La AVT no tenía ni idea de qué iba la cosa, ellos a lo suyo, pero el objetivo estaba claro: interrumpir la trayectoria de la vasca hacia el Olimpo mediático, que está muy bien pagado, circunstancia que favorece que haya hostias virtuales que se traducen en campañas salvajes como ésta que nos ocupa.

Y la cosa se desmadró.

Obviemos (van tres) que la culpable pidió una batería de disculpas a petición de la parte contratante, destacando entre ellas el momento en el que llora destrozada porque es consciente de que las familias de quienes han padecido la lacra del terrorismo no perdonan estos deslices verbales.

Pero la AVT es como la Pantoja: a pesar de todo, sigue teniendo tirón. Y algún gilipollas con poder de decisión, de los que no tienen tiempo para echarse una siesta con el Ipad entre las piernas porque prefiere el pádel, el polo o el golf, se entera; se acuerda del precedente de ‘la Noria’ y se pone farruco. Amenaza a la parte contratante, y la parte contratante de la parte contratante (no es una errata) decide cortar por lo sano, a pelo y sin anestesia. Que con los muertos de algunos no se juega.

Obviemos (y van cuatro) que todo este tinglado empresarial depende en última instancia de un mamonazo como la copa de un pino, un auténtico terrorista mediático, un impresentable que ha acabado imponiendo en medio mundo su abominable forma de entender un medio tan poderoso. Y no le falta razón: nos gusta tanto su planteamiento del entretenimiento porque nos anestesia y nos idiotiza. Es un placer vivir la vida ajena mientras se suceden las miserias en la nuestra.

Pero ya es hora de ir terminando este ladrillo infumable en el que no rumio ni la undécima parte de lo que me hubiera gustado rebuznar. Al margen de mis desbarres, claro que hubo víctimas.

Argi ha sido víctima de víctimas, de la AVT, de los intereses de los gerifaltes y de sussubordinados pringadillos, pero sobre todo ha sido víctima de las urracas abanderadas de la moral. Es una contradicción aberrante que todo justiciero de pacotilla de estos que acusan con tanta pasión desde cualquier púlpito virtual no se amilane en el preciso momento de dañar a una inocente. Que una cosa es hablar de putas y comadres y otra meter a una chica de veinte años en semejante berenjenal por una puñetera frase. Afortunadamente, lo del RH vasco es una verdad como un templo: con la dignidad de una reina, sin derramar una lágrima y la cabeza erguida, la gran chiquitilla dio un portazo y salió del burdel. Nadie la esperaba fuera, ya que puestos a enmendar el daño causado, la parte contratante aprovechó para retransmitir el castigo ejemplar en directo. Dicen por ahí que hizo un alto en el camino hacia el hotel y se zampó tres Big Mac’s seguidas. La han echado, ergo no pesa penalización económica sobre su contrato y ciertos desacuerdos en las cúpulas inducen a pensar que a pesar de la “gravedad” del asunto querrían conservarla para mejorar la audiencia, que esto no arroja los beneficios esperados porque el cásting es una auténtica mierda, los guionistas son otra mierda y la que decide los contenidos es la que tira de la cadena. Mediaset pagó las hamburguesas, naturalmente.

Cierro el chiringuito con un deseo: que Merceditas se pida una baja el jueves. Un dolor de espalda me vale. Un gesto, algo que me permita recuperar un suspiro de confianza en el ser humano.

Hale, sayonara.

Obsy

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Enladrilladora oficial de la Calcetinería. Un coñazo, pero en tuiter no me dejan pasar de 140 caracteres y aquí sí.
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