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Sinfonía nº 16

…mentes que no alcanzan a entender la gracia y sutil belleza de lo absurdo, no sigan leyendo…”

 

Como una obra sinfónica, todo está orquestado desde el principio, controlando los tempos y usando todos los instrumentos que existen a su disposición para crear algo bello y adictivo. Como resultante la armonía creada por estos directores de la directora (guionistas y titiriteros de lo macabro) estimula a los concursantes a un peligroso e impetuoso juego dentro del auditorio, su casa.

La directora de orquesta manda callar a todos los presentes. El silencio se hace presente y la tensión por el momento acentúa el latido de los corazones haciendo temblar los cuerpos de manera involuntaria y arbitraria. Con un suave pero enérgico movimiento de mano, la directora da comienzo a esta nueva e inesperada Sinfonía.

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El comienzo es brillante, como el resto de sinfonías creadas por la mejor araña hilandera. La red creada y mostrada parece ser resistente y extensa para llegar a dominar toda mente circundante a su alrededor.

Pero la orquesta pierde ritmo rápidamente, los instrumentos comienzan a desafinar, los directores no pueden controlar a sus músicos que sobrepasan a la ya desgastada directora. Algunos se revelan y otros desaparecen para supuestamente no volver. El sonido se vuelve estridente y el caos comienza a reinar en el auditorio. Los espectadores observan incrédulos desde sus asientos, sin moverse, sin dar crédito a lo que está sucediendo. Gritos, lloros, enfados se escuchan retumbando una y otra vez en el eco de la sala creando un bucle que tiene fascinados y atemorizados por igual a todos los presentes.

En las entrañas del teatro los máximos dirigentes y patrocinadores de la obra se esconden tras las puertas como el mítico fantasma de la ópera, a sabiendas de que este gran caos proporciona un placer infinito para la mayoría de sus contratantes y audiencia en general. Han engañado a sus propios guionistas, que se agolpan en las puertas golpeándolas con frenesí intentando entrar, con el miedo y el horror en el cuerpo a sabiendas de lo que acaban de crear. Pero no les abren las puertas, están solos y deben recuperar el ritmo y el tempo cuanto antes, apenas han llegado a la apertura de su obra y todo se les ha ido de las manos…

Algunos espectadores empiezan a abandonar la sala. Los cuchillos vuelan, las amenazas, los traidores, las falsedades, las mentiras… demasiado vómito para tragar de manera tan acelerada, en una apertura de una obra que dura en cartelera varios meses.

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Y yo, presente en el lugar, me retiro, me escondo entre las sombras y observo. No me gusta lo que veo, todos los acontecimientos esperados se han adelantado y sobrepasado cualquier expectativa. Este escenario se ha convertido en un engendro proveniente de la más oscura e irracional dimensión del sin sentido.

Apenas ha comenzado la obra y la irracionalidad hace asomar lo peor de esos músicos que han dejado de tocar para golpear con histeria sus instrumentos y destrozarlos con fiereza golpeando donde más duele al que tienen enfrente…

Estoy decepcionado. Sabía que situaciones así llegarían, pero no tan pronto.

Me quedo en la retaguardia y llamo a varios compañeros para cambiar impresiones sobre todo lo que está sucediendo. Hablo muy bajo, calmado, no quiero llamar la atención, hay muchos a mi alrededor que alzan su voz a favor o en contra de unos y otros. Hay diferencias de opiniones, pero yo me mantengo firme. Esta no es el tipo de obra que yo quiero ver, que yo quiero presenciar.

Está claro que soy más clásico de lo que debería. Los secretos nunca han sido de mi agrado, amargan, ensucian, enturbian tu mente en una vorágine incontrolada de insatisfacción personal.

Ahora la sinfonía se ha convertido en un burdo teatro representado por unos cuantos, como en un triste burdel de los barrios bajos Parisinos. Mientras, otros intentan tocar esa música y lenta que algunos añoramos. Y entre acto y acto, que me trago con gran devoción, los secretos han conseguido tomar la delantera siendo protagonistas de sus propias mentiras inertes de sentimientos empáticos cualesquiera.

Sigo oculto entre las sombras, hay poca luz para poder ver con claridad. Alguien ha puesto una antorcha no muy lejos de mí, pensando en iluminar mejor la zona donde se encuentra, pero para mí, lo único que llego a vislumbrar es un claro-oscuro contorno de algo parecido a una persona. Realmente no sé si lo es, la luz no quiere incidir en él y apenas unos ojos brillantes me hacen confirmar que realmente alguien hay ahí. No me gusta, es un músico que se ha escapado del tumulto y quiere pasar desapercibido mientras observa como yo, sin ser observado.

Lo ignoro y me muevo entre los espectadores, hasta llegar a una zona más segura que la anterior, donde puedo ver más cerca a otros músicos que no había llegado a distinguir bien desde la lejanía. Veo mujeres, muy distintas entre ellas pero con un fin común, hacerse la vida imposible.

Hartazgo, entre ellos y ellas mi úlcera se estremece. Voy a salir de aquí, este directo no me está gustando, creo que volveré los jueves, hacen un espectáculo en directo con imágenes en diferido. Creo que la música será más amena. Además, podré ver como un músico ahoga sus penas fuera de esa orquesta caótica llena de trampas y zancadillas al prójimo. Mejor para él.

Y para mí.

Llegó el jueves y me acerqué a ese auditorio con la cabeza llena de prejuicios y cansado ya de leer tantas noticias sobre lo absurdo. La rutina cansina del grito y el discurso hipocrático de otros colmaban mi vaso de la paciencia que a punto estaba de rebosar. Solo quería que llegaran dos momentos. Ese momento donde todo el mundo se ahoga con un nudo en la garganta, las luces entran en tiniebla y de pronto una luz blanca y cegadora apunta directamente al expulsado que caería en el abismo del perdedor. En esta ocasión los aplausos parecen inevitables. Sin importar el resultado, los odios alteran cualquier barrera de comprensión y juicio. Y tanto el llanto como los aplausos retorcerán y encogerán el corazón de todos los involucrados. Finalmente el oculto entre la luz de la antorcha y sus sombras fue el expulsado.

El otro gran momento llegó y pudimos ver con saña y alevosía las nominaciones para que aquellos intérpretes de pacotilla se expulsaran ellos mismos con sus acciones maltrechas dignas de una película de serie B. Divertido y abstractos sus razonamientos. El caos en su mente no les dejó ver más allá de la niebla producida por una semana de horrible ensayo y error.

Y el jueves acabó, hasta el próximo absurdo de esta sinfonía estridente y pavorosa.

¡Aúpa!

 

Telien.

 

 

Acerca de Teli

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Escritor frustrado o más bien poco involucrado para poder llegarme a frustrar. Encantado del experimento GH y de poder comentar acerca de este reality.
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