Y de repente Telecinco, ¿para cuándo?

Antes siquiera de habérseles concebido, le tocó en suerte organizar la especie de ‘baby shower’ por la próxima llegada de los futuros grandes hermanos que llaman anónimos aunque tengan nombre y apellidos. ¡A él, que era un rebelde! Pero, como dice Silvio Rodríguez, la noche es traviesa cuando se teje el azar.

Él también era de la casa y por supuesto que entendía la política de la empresa por más que fuera crítico con dos matices. Uno, la prelación del beneficio económico antes que la dignidad de las personas involucradas en el producto que emiten. Otro, esa otra circunstancia que no sabía bien si definirla como conformismo o como carencia, pero que calaba en el tratamiento de la emotividad de ese producto ofertado, supuestamente espejo de la que demanda digerir la propia audiencia.

Lógicamente le habían llegado ecos del clamor de un sector indignado que si lo estaban, era por diversos motivos pero que podían catalogarse bajo los epígrafes de la ostentación del mal gusto y lo intolerable, y del mercantilismo. También le llegaron ecos de otro sector que, indignados o no, estaban resignados, asumiendo a regañadientes el derrotero que había tomado el concurso.

También decían sentirse convidados de piedra de los anteriores ‘baby showers’ donde, a modo de regalos a la prolífica mamá, se solían proponer las directrices que se seguirían en el programa en ciernes para tratar a las nuevas estrellitas como cualquier lumbrera trataría a sus propios vástagos; es decir, como merecen.

No llegamos a conocernos y lamenté no poderle exponer unos pocos criterios que yo contemplaría de ser él.

Le habría dicho que no conozco un juego donde sus reglas no estén claramente establecidas antes de embarcar al jugador en la aceptación del desafío de ganarlo. Que las normas deberían prever mecanismos para penalizar o purgar, según la gravedad de la infracción cometida, a quien tratara de sacar ventaja incumpliendo las reglas aceptadas; recogiendo también esas reglas qué se considera leve y qué, grave. Y en cuanto a las reglas de las pruebas, pues la misma transparencia y previsión, a su debido tiempo.

Le explicaría que para evitar suspicacias, la dirección del concurso debería ser la primera interesada en proyectar una imagen de confiabilidad.

Ayudaría, por ejemplo, que las reglas prefijaran un tiempo concreto en el que se cerraran los teléfonos de las votaciones a partir del primer instante de emisión del programa, con independencia de la posibilidad de producirse ‘sorpasso’ o de que por el concurso realizado del posible expulsado, su entrevista pudiera ser más o menos larga.

Ayudaría que aquellas reglas a priori establecieran el porcentaje tope que permitiera salvarse al menos votado a mitad de la semana. Y también, aclarar si esa salvación debería ocurrir necesariamente o si, por el contrario, se requeriría cierta cuota (proporción) de diferencia entre los dos menos votados en el caso en que solo haya tres nominados.

Para esta imagen que no suscitara recelos, contribuiría también que al seguidor del 24 horas no le rechinara la narrativa presentada en las galas (genérico).

También la reserva del tiempo establecido antes del cierre de teléfonos de votos para la emisión de videos enfocados a mostrar la semana de los concursantes, reflejando fielmente su actuación. Ello sin reservarse contenido, sin perjuicio de que  más tarde pudiera retomarse con más amplitud algún aspecto.

Igualmente, blindar al máximo el aislamiento de los concursantes, comprometiendo a familiares y a amigos que les visiten con algún tipo de sanción para sus defendidos en caso de proporcionar información externa (por ejemplo, exponiendo al concursante en una votación paralela e independiente a la regular del programa).

También le habría dicho, si me permitiera la impertinencia, que en mi opinión los protagonistas de Gran Hermano deberían ser los concursantes; sobra decir que por el desarrollo de su concurso. Es decir, que se debería tratar de evitar lo superfluo tales como las gracietas de colaboradores y presentadores, e incluso evitar incidir demasiado en los avatares del retorno a la cotidianidad de los concursantes tras su expulsión. De ese modo, resultaría menos probable que se agotara el tiempo de emisión y, con las prisas, surgieran situaciones interpretables para una audiencia ya de por sí suspicaz. Que si bien amplia es Telecinco, estrecha se ha vuelto esta maltrecha audiencia gran-hermanada.

Y por último, le diría que tampoco se hiciera demasiadas ilusiones con prosperar en la profesión por haber encontrado la fórmula para congraciar a la cadena con el público de este concurso. Pues he visto con estupor la irracionalidad que nos embarga en el fragor del juego. Por un lado, pedimos a los concursantes lo que no nos concedemos entre nosotros mismos. Por otro, más grave, que parece primar el querer beneficiar a quien nos agrada y el ver reventar al que nos disgusta o desagrada por encima de la ecuanimidad requerida en todo juego limpio.

Así es como le habría invitado a que hiciera un gesto de buena voluntad –aceptando entregar mi ofrenda a los futuros grandes hermanos en el ‘baby shower’– para que yo estuviera inclinado a dejarme seducir por la dirección del programa una última vez.

¿Y tú, qué requisitos crees que deberían cumplirse para que todos, audiencia, Gran Hermano y Telecinco, pudiéramos enderezar la cerviz y disponer de buenas razones para ir con la cabeza bien alta?

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