Tuve un amigo muy parecido a Oscar, tanto que tenía hasta su correspondiente hermana melliza. La diferencia es que ella no sobrevivió al nacer pero dejó su impronta en él. Nos amábamos, nos entendíamos y nos lo contábamos (casi) todo. Y digo casi porque él en aquel momento no reconocía su homosexualidad. Amaba la belleza en cualquiera de sus manifestaciones, especialmente la femenina. Suspiraba por las rubias de ojos claros hasta el punto de que las cubría de regalos y alabanzas. Exquisito en el trato, fue la mejor compañía de esta humilde enladrilladora durante años. Mi paño de lágrimas, mi amigo y mi fiel consejero, hasta que apareció en nuestras vidas una rubia sin escrúpulos. El acabó arruinado —cortesía de la rubia— y los tres en el Juzgado. Gané yo porque no soy rubia, supongo.
Sirva esta torpe (e íntima) introducción para justificar que Oscar no es un personaje excepcional. Es mucho más habitual de lo que parece y enloquece a determinadas mujeres, algunas incluso se enamoran perdidamente de señoras como él. Y aunque yo nunca estuve enamorada, fue una pieza fundamental en mi vida, sobre todo porque me la pudo arruinar debido a la poderosa influencia que otra persona ejerció sobre él.
Esta rebuznadora es muy consciente de que podría estar cometiendo un error garrafal al establecer cierto paralelismo entre nuestro Oscar, la maricona de lujo cargada de complejos sociales y falsamente enamorada de la prístina belleza de nuestra cartagenera histriónica, pero que también está deslumbrado por la mente rápida y la autoridad maliciosa de Ruvens, tanto, que lo ha conducido a una (aparente) relación de sumisión (con matices) y que la culebra albaceteña varía en función de sus intereses. El caso es que ambos tienen demasiadas cosas en común. La diferencia entre ellos radica en la decena de años que los separa. Porque Ruvens, Rubens o Roberts, es decir, Rubén de toda la vida, comparte con Oscar la orientación sexual y la maldad atávica que asociamos a los reprimidos. Ambos pertenecen a dos familias acomodadas pero sus generaciones y ecosistemas (no) son (tan) diferentes. De hecho, cuando Jorge Javier felicitó a Oscar por ser expeditivo durante el proceso de selección de la actual prueba, el vasco-catalán lo atribuyó a sus genes por ser hijo de empresario. Pero esta enladrilladora atenta escuchó a Ruvens por lo bajini apuntalar que él también lo era (hijo de empresario) para que Jorge Javier, de igual modo, tuviera en cuenta los excelsos orígenes de Su Rubendad…
Por alusiones (de ellos, naturalmente) me tomaré la licencia de recordar que sabemos que el padre de Oscar mandó al carajo su negocio. De la familia de Ruvens apenas tenemos referencias ya que así lo ha impuesto él, salvo que tiene miedo a lo que pueda ver u oír su abuela ergo asumimos que aunque la culebra albaceteña sea un fenotipo cobarde y clásico encuadrado entre los millennials, también pertenece a un entorno conservador, no solo por su abuela, sino porque la otra noche, ya desesperado al ser tumbado por enésima en porcentajes por (la divina) Daniela, vimos como se arrodillaba y recitaba el Padre Nuestro y otros mantras de memoria ante el altar improvisado por Oscar en honor a Santa María Auxiliadora para pedir auxilio y, según ellos, levantar el 24 horas. Que sí, que llenan huecos en horarios para adictos, pero están muy vistos y además el 24H tiene justo eso: 24 horas. Y de ocho a dieciocho estos dos se suelen tocar el chocho y me disculpe el abnegado lector por la rima. También se travistieron: el referente de su rubendad era la Veneno (diosa, I miss you) mientras que a Oscar lo podríamos encuadrar más y mejor en la línea de Tony Curtis en Con faldas y a lo loco, que tener nociones de cine clásico no es patrimonio del tontolaba de Albacete.
(Nota de la enladrilladora: Debería bastar la estructura profunda de esta metáfora cinéfila para definir a ambos pero eso ya depende del hipotético y sufrido lector).
El caso es que Ruvens, Rubens o Roberts, es decir, Rubén de toda la vida, se parece demasiado a Oscar. Sin embargo sus ecosistemas han sido diferentes y esta nefasta rebuznadora intuye que esos años que los separan son el matiz que los distingue. El vasco ha preferido adoptar el papel de sumiso ante el hambre de protagonismo de su rubendad, que no deja de permutar teorías con frecuencia disparatadas, algo que muchos alaban como si fuera una virtud. Y es justo lo contrario, ya que desde la posición en la que está y conociendo el histórico de GH no tiene ningún mérito porque ha metido la pata en numerosas ocasiones y como dije en mi anterior ladrillo, Ruvens ha obviado el fondo de este despropósito y se ha quedado en la superficie, probablemente porque se haya limitado a devorar las ediciones VIPs y no tenga ni idea del trasfondo de los anónimos. Al final, el personaje resulta pedante e insoportable precisamente por sus ganas de destacar anticipándose a los acontecimientos con histrionismo y un margen de error alto que además contamina a los demás aspirantes y desespera al fiel espectador de este formato.
Por otra parte, durante alguna madrugada de vigilia, nuestra jinete, que es un libro abierto por la página que él quiere, contaba que estuvo seleccionado con anterioridad para este despropósito pero al final, ya sea por presiones sociales o por cualquier otra circunstancia, se echó para atrás. De esto hace años, tiempo suficiente para que Oscar haya vencido sus reservas y haya moldeado su personaje hasta llegar a GH19. Y aunque su carisma es innegable, no lo imagino paseando por el hipódromo con una copa de vino llena de leche. Ha tenido, como digo, tiempo suficiente para adornar su interpretación y digo «adornar» porque él viene así de serie: solo ha necesitado unos retoques, agudizar su observación para darle a cada uno lo que necesita y culebrear entre todos con absoluta maestría, si bien al principio no fue aceptado por la facción testonerosa de Guadalix, incluso fue furiosamente rechazado por su alter ego milenial de Albacete que lo convirtió en el primer enemigo a batir despreciándolo con crueldad junto a sus secuaces. Es lo que tiene ver reflejada tu imagen distorsionada en el espejo de una feria de vanidades.
Pero no era mi intención extenderme demasiado en este apresurado y torpe pseudoanálisis de dos grandes de esta edición sino hablar de insectos, y lo haré parafraseando a la otra gran protagonista de este apasionado triángulo.
Maica, la cartagenera más limpia y aquí debo de abrir un inciso ya que se duda sobre si su actitud es una pose exagerada para implementar su proyección con bayeta mientras otros pasean su copa de leche con naturalidad. Ya. No tengo ninguna duda de que su toc es absolutamente real por dos razones: la he visto meterse enguantada lejía en mano cada vez que un miembro sospechoso de guarrez ha usado el baño… Y dos: no es una excepción. La enladrilladora, por desgracia, conoce alguien todavía peor que limpia de arriba abajo las habitaciones de hotel e incluso lleva sus propias sábanas impregnadas en «Eau de Lejía» cuando viaja. Es evidente que se trata de una patología, pero en el caso de la murcianica, su gracia y su estampa de gacela se contradice con sus acciones debido a nuestros prejuicios.
Fin del inciso y principio del ataque, porque es a partir del intercambio de Maica con dos actores italianos bastante aburridos cuando a Ruvens se le disparan todas las alarmas. Muerto de envidia, uno de los peores rasgos de su carácter ya que necesita ser continuamente el centro de atención, se da cuenta de que a la audiencia y sobre todo, a la parte contratante, le llama la atención Maica. Hasta ese momento había volcado toda su esfuerzo en erradicar a Oscar ya que los adornos a su comportamiento eran demasiado evidentes. Pero habíamos dicho antes que este sabihondo de pexiglás se queda en la superficie y en el oropel.
Es a partir de ahí cuando Roberts, que no es tonto ni listo sino todo lo contario en función de dónde le toque o le interese, toma conciencia de que su presunta sapiencia granhermanil no le va a servir de nada frente a dos titanes que le dan mil vueltas. Aun sin ser consciente de la antipatía que despierta, mueve ficha y se trabaja a su alter ego mariconil (versión casposa) que, víctima de una especie de brote de síndrome de Estocolmo —no se sabe si fingido u orientado por sus gónadas— sucumbe a la tiranía de la testosterona y decide jugar a tres bandas, exacerbar su estudiada sumisión al sabihondo y de paso reivindicar que él al fin y al cabo es un misógino que va con los tíos y desprecia a sus «mejores amigas», a las que regala el oído y utiliza para mantenerse informado, las mismas con las que cuece y se enriquece. Pero a la hora de la verdad, no sabría precisar si por envidia hacia ella, por amor a él o por estrategia, opta por ser otro más de la manada que controla el presunto objeto de su deseos. La realidad es que Su Rubendad controla a unos y Oscar hace lo propio sobre los demás, es decir, a los que él no llega ni llegará nunca porque las tripas de Ruvens son negras y aunque el jinete juega también, no se deja llevar por la envidia. Es más, reconoce la fuerza e incluso sucumbe (con premeditación y alevosía) a las cualidades de sus adversarios.
Y me estoy yendo por las ramas por enésima porque mi intención era parafrasear a Maica con su maravillosa metáfora al referirse a algunos humanos nacidos con rasgos biológicos masculinos, es decir, hombres, que una ya no sabe bien a qué atenerse sin correr el riesgo de ser lapidada. Me refiero a los cucarachos porque es de dominio público que los cucarachos viven entre nosotros sin importar sus preferencias sexuales ni su sexo ni su edad ni nada. Véase si no el caso del niñato italiano que la ha usado (a ella) como trampolín para darse un paseo por Guadalix y procurarse audiencia en su país natal, aunque esta rebuznadora opina que alguna fuerza del mal con intereses espurios lo ha aleccionado para según qué menesteres. El caso es que a Maica la han utilizado y las consecuencias han perjudicado su trayectoria en este despropósito. Y no, la cartagenera no finge (tanto). De hecho en este momento es la víctima de todos: de la parte contratante, de la envidia del resto de aspirantes y de la misoginia de una parte de ellos con el retorcido, acomplejado y sabihondo de Ruvens como gran instigador, aunque tenga las piernas más bonitas que ella y ya me estoy pasando de castaño oscuro con la parrafada que hay que ver la que he he liado para dejar constancia por escrito que Ruvens, Rubens o Roberts, es decir, Rubén de toda la vida, no es un cucaracho, sino una mantis religiosa; Oscar es un grillo y nadie contaba con Daniela.

Hale, sayonara, Rubén .
Editado: Y si finalmente fuera expulsado, que se lo merece, debería tener opción a ser repescado.
(Nota: Mi amigo desgraciadamente murió. Mi odio y mi amor hacia él permanecen intactos)
Dedicado a A.B.
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